Saber perder

•marzo 28, 2012 • Dejar un comentario

Saber perder.

Saber que las piedras son parte del camino.

Saber levantarse y preguntarse por qué te has caído.

Saber que rara vez sale a la primera. Y que cada nuevo intento es el primero de los que quedan.

Saber llorar por las derrotas. Sin dramas, ni ansiedad, ni hipos. Sin regocijarse en las lágrimas. Llantos tranquilos, pausados y con fecha de caducidad.

Saber perder. Porque perderás. Y no saber encajar los golpes es más dañino que su impacto.

Saber que hay piedras. Porque siempre las hay. Y asumir que, aunque lo sepas y cuentes con ellas, no se puede evitar tropezar.

Saber levantarse. Porque te caerás. Y desde el suelo las vistas son peores, apenas se puede oler el viento y todas las distancias son más largas.

Saber que no suele salir a la primera. Porque no saldrá. Ni a la segunda, ni a la tercera. Y esperar un triunfo en cada intento oculta el riesgo de cansarse de intentarlo.

Saber llorar. Porque llorarás. Y para quien no sabe hacerlo, es adictivo, se vuelve muy largo, ruidoso y destroza la garganta.

Saber perder, levantarse y llorar. Y seguir. Porque la única alternativa es no tener memoria y poder olvidar el dolor a tiempo para volver a iniciar el camino.

Culpa y Soledad

•marzo 5, 2012 • Dejar un comentario

¿Y si eso no es para mí? ¿Y si no hay más explicaciones?

Probé culpando a la suerte y a la falta de tal. Victimismo en altas dosis para aliñar las esperas y las noches sin dormir. A veces incluso sonreía al convencerme de que no tenía nada que ver conmigo, sino con un destino cruel que me negaba la fortuna de tener lo que los demás sí tienen.

Pero aquéllo no funcionó, no soy hombre de fe, ni de andar caminos que ya están dibujados. Así que el engaño se evaporó tal y como vino y decidí culpar a la ingenuidad de la que hice gala en cada gran ocasión. Culpé a cada instante en el que me dije que era muy difícil, pero que tenía que intentarlo, porque me merecía que saliera bien. Pero no salió bien. Quizás ni siquiera lo mereciera, aunque eso tampoco importa, sé que no habría cambiado nada.

Pero vivir con la carga de tantos errores duele y ralentiza el paso. Así que probé a cederle a ella parte del peso, ¿por qué no? No hubo separación de bienes en nuestro contrato de asociación temporal, ahora tocaba repartirnos todo, también las culpas. Y bien sabíamos los dos que no era descabellado pensar que ella tenía algunas culpas. Pero el regocijo que encontré al refugiarme en sus errores fue nimio, débil, transitorio y, a la larga, cuando cambiaron los rostros, las voces y los nombres detrás de su ser, se tornó en daño y en mentira.

Culpé después al optimismo engañoso, a la sociedad que nos empuja a convencernos de que no debemos estar solos. Me sentí como el Salvaje que aterriza en el Mundo Feliz de Huxley, sin un sitio en una estructura social inamovible, en la que la felicidad pasa por encajar. ¿Y qué culpa tenía yo de ser diferente?

Ahora ya no sé si hay culpables o no, sólo me pregunto si es verdad que no es para mí. Si soy, tal vez, un instrumento al servicio de la soledad, que experimenta conmigo para conocer sus límites y sus efectos en alguien que se empeña en rechazarla, negando que ella no es más que una cara de sí mismo.

Me pregunto si lo soy, y si, de serlo, podré aprender a cambiarlo.

Acaso / Ocaso

•abril 5, 2010 • 1 comentario

¿Y si acaso te engañé?

¿Y si no fui yo todo este tiempo? ¿Y si no fui yo el que hizo que pararas a mi lado?

Tal vez no exista en mí el brillo que tú viste, sino solamente reflejos de lo que me gustaría saber ser. O reflejos del brillo que tú proyectas, infinito, incandescente… Eterno. Como quise creer que sería todo lo que te envuelve. Como quise creerme cuando te pude rozar.

Pero tal vez fuera un engaño, perpetrado por mi ansia de alcanzarte… Tal vez fuera una mentira que los dos nos contamos porque nos podía hacer soñar.

Y si sirve como excusa, si hay excusa que me salve, créeme cuando te digo que, de haber sido así, yo fui también engañado.

Génesis

•marzo 1, 2010 • 2 comentarios

Como una oda a la necesidad de respirar.

Como un suspiro que se confunde con el viento.

Como una gota en día gris, que no sabe si es lágrima o lluvia al rodar por la mejilla de un alma desvalida.

Como cada promesa de un beso que nunca se cumplió.

Así,  asfixiado, sutil, desorientado, incompleto… nazco de nuevo. Con menos vida. Con más recuerdos. En una génesis melancólica de agua y sal.

 
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