Saber perder.
Saber que las piedras son parte del camino.
Saber levantarse y preguntarse por qué te has caído.
Saber que rara vez sale a la primera. Y que cada nuevo intento es el primero de los que quedan.
Saber llorar por las derrotas. Sin dramas, ni ansiedad, ni hipos. Sin regocijarse en las lágrimas. Llantos tranquilos, pausados y con fecha de caducidad.
Saber perder. Porque perderás. Y no saber encajar los golpes es más dañino que su impacto.
Saber que hay piedras. Porque siempre las hay. Y asumir que, aunque lo sepas y cuentes con ellas, no se puede evitar tropezar.
Saber levantarse. Porque te caerás. Y desde el suelo las vistas son peores, apenas se puede oler el viento y todas las distancias son más largas.
Saber que no suele salir a la primera. Porque no saldrá. Ni a la segunda, ni a la tercera. Y esperar un triunfo en cada intento oculta el riesgo de cansarse de intentarlo.
Saber llorar. Porque llorarás. Y para quien no sabe hacerlo, es adictivo, se vuelve muy largo, ruidoso y destroza la garganta.
Saber perder, levantarse y llorar. Y seguir. Porque la única alternativa es no tener memoria y poder olvidar el dolor a tiempo para volver a iniciar el camino.
